EL HORIZONTE DE LA PRINCESA ROSA

Había una vez un rey que tenía un hija. Su castillo estaba en lo más alto de un acantilado.

La princesa Rosa, que así es como se llamaba la hija del rey, todos los días se sentaba en la muralla del castillo y admiraba el horizonte, pero siempre le asaltaba una duda, que habría más allá de aquella línea, que se perdía al fondo del mar.

Aquella duda se convirtió en obsesión y perdió su alegría, las ganas de jugar, de cantar, de charlar con su familia y con sus amigos. Pensaba que su destino estaba detrás de aquella línea del horizonte.

Una tarde, bajó a la playa y estaba tirando piedras al agua y mirando la línea del horizonte. Cuando de repente, apareció ante sus ojos una barca, estaba lejos de la orilla pero se podía llegar a ella nadando.

La princesa Rosa pensó que aquello era una señal del destino y nadó hasta ella. Cuando llegó se llevó la sorpresa de que la barca no tenía remos. No obstante subió para descansar, pero nada más sentarse, la barca comenzó a navegar en dirección a la línea del horizonte. La princesa se puso muy contenta porque por fin iba a saber qué había detrás de aquella línea.

Navegó y navegó, durante días, semanas y meses, pero la línea siempre estaba igual de lejos.

Dio la vuelta al mundo y por fin llegó a un lugar donde la línea del horizonte se acercaba hacía la barca. Sintió un gran alivio porque había perdido la esperanza de llegar al final de su meta.

Conforme iba acercándose al lugar le parecía más y más conocido y al llegar a la orilla descubrió que había llegado de nuevo a la misma playa de la que partió y es que el acantilado había parado la línea del horizonte.

Mientras subía a su castillo, vio como la barca daba la vuelta y desaparecía tras la línea del horizonte. Nada más llegar a lo alto abrazó a todos los que allí había, amigos, sirvientes, familia... y a partir de aquel día, la princesa Rosa volvió a recuperar la alegría, volvió a cantar, a bailar, a reír, a charlar y a disfrutar de la belleza que había en su propio horizonte.

 

Y colorado colorín la barca sigue navegando sin Fin.

LA CAMA VOLADORA

Una mañana una niña se despertó, le dolía mucho la garganta y estaba muy floja.

Su padre le puso el termómetro y tenía fiebre, le preparó una vaso de leche con miel y luego fue a llamar al médico.

Estaba acostada, cuando de repente, la cama comenzó a elevarse del suelo, ella se agarró fuerte a las sábanas, salió volando por la ventana, pronto dejó atrás su pueblo, y voló y voló... hasta que la cama aterrizó en un bosque.

Nada más aterrizar, la niña se vio rodeada de animales. Intentó levantarse, pero estaba muy débil y no pudo hacerlo. Enseguida llegaron una abejas y le dieron un trozo de su propio panal y un conejo le llevó unas hierbas que al masticarlas tenían un sabor agradable.

La chica, nada más comerse la miel y las hierbas sintió una grata mejoría. Se levantó sin esfuerzo de la cama y se puso a jugar con los animales.

Estuvo jugando hasta que se hizo de noche en aquel bosque.

La niña se despidió de sus amigos, subió a la cama y de nuevo comenzó a volar, ahora en dirección a su casa. Nada más aterrizar en su propia habitación, llegó el doctor que se enfadó un poco porque aquella niña no tenía nada, ni fiebre, ni tos, ni placas en la garganta y además se la veía contenta y alegre.

La niña no quiso contar el secreto de con qué se había curado.

Pero a partir de aquel día, cada vez que quería jugar con sus nuevos amigos, sólo tenía que subirse a la cama, cerrar los ojos y salir volando hasta el bosque.

 

Y cuento contado es cuento acabado.

 

 

LA VOZ PREOCUPADA

Había Una vez una voz, sensible y delicada, que tenía un gran problema. Si el día se presentaba lluvioso y gris, apenas hablaba y las pocas palabras que decía eran tristes y desganadas.

En cambio, si el día era claro y primaveral, parloteaba y cantaba como una loca.

Pero, la pobre, estaba preocupada, porque por las noches, hiciera el tiempo que hiciera, siempre enmudecía.

Temerosa, pensaba que podía enmudecer también por el día.

Por eso, cada mañana, al levantarse, hacía ejercicios delante del espejo, para comprobar que aquello no había ocurrido.

Una noche, mientras dormía, tuvo una horrible pesadilla: por fin, consiguió hablar por la noche, como ella quería; pero habló en sueños, revolviéndose sudorosa en su lecho.

Despertó sobresaltada y asustada. Enseguida llegó a la conclusión:

Cuando uno duerme, no es necesario hablar.

Desde entonces, ya nunca más, le ha preocupado enmudecer por las noches.

 

LA RULETA RUSA

Allí estaba él, pensando en qué había hecho para que ella se marchara con otro.

Si todo funcionaba bien, según él, la comunicación, el sexo, el día a día, el cuidado y educación del hijo... Pero no obstante se había marchado con otro...

NO sabía muy bien si aquello que iba a hacer en ese momento le aclararía las ideas, pero ya estaba decidido y no había marcha atrás.

Se preguntaba quién era el hombre que estaba sentado al otro lado de la mesa y cómo habían llegado hasta allí. Su vida de un tiempo a esa parte era un mar de preguntas.

Sus dudas tendrían que esperar, porque el cañón de la pistola, después de dar varias vueltas, lo había elegido a él.

Con decisión la cogió, se la puso en la sien y apretó el gatillo. Todo a una, para no arrepentirse.

En aquella milésima de segundo pasó delante suya toda su relación con ella y pudo descubrir porqué se había ido con el otro.

Pero una vez más llegó tarde para solucionar el problema, porque la única bala del tambor de la pistola le acababa de destrozar por fuera y por dentro.

Por eso dicen que es mejor contar hasta diez antes de tomar cualquier decisión y yo añadiría que contar hasta cien si en esa decisión está en juego TÚ VIDA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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